Me haces temblar. El pulso, la voz, mis decisiones. Todo se vuelve del revés, se para y tú mueves la mano.
No quise acercarme, por si molestaba. Apreté los dientes y resistí el mirar atrás, por si lloraba.
Qué bonito verte.
Baúl de eclécticas ideas sobre los tiempos modernos.
Me haces temblar. El pulso, la voz, mis decisiones. Todo se vuelve del revés, se para y tú mueves la mano.
No quise acercarme, por si molestaba. Apreté los dientes y resistí el mirar atrás, por si lloraba.
Qué bonito verte.
Hoy, y ya que es hoy, y como todos los días como hoy, voy a pedir un deseo:
Que encuentres a alguien que te quiera como tú me quisiste a mí.
Hubo una vez que perseguí un sueño. Sí, uno de los difíciles. Uno de esos por los que luchas aunque no sepas si lo lograrás. Porque lo que sabes de antemano que haciendo determinadas cosas vas a conseguir no son sueños. Son etapas. Las etapas no dan miedo. Los sueños sí, y es ahí donde se diferencia a valientes del resto.
Miedo a fallar, a que aún dándolo todo no sea suficiente. Porque esa es otra. Eso de con esfuerzo conseguirás todo lo que te propongas es una bonita frase para libros de autoayuda; pero luego está la realidad y menudas hostias da. No, a veces no basta. Y es injusto, y una mierda. Darlo todo y no lograrlo. Sí, eso pasa. Lo sé.
Hace mucho perseguí un sueño. Con fuerza, con ganas, con ilusión. Con miedo. Y seguí.
No lo logré.
Pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Era mi sueño. Si no lo hubiera intentado con todo mi ser, me lo reprocharía toda la vida. No hay manera compatible de ser uno mismo y renegar de lo que soñamos. O sí: comprarse un traje gris. Porque el verdadero fracaso sería no intentarlo. Y, más que un fracaso, sería un suicidio.
Indiferencia a los "no puedo". Abrazos para los "no pude".
Ése es mi plan.
Que no falten las ganas sino que fallen las fuerzas, que las derrotas sean tras desfallecer; tras dejarse la piel, el alma y los huesos.
Nunca el corazón. De ahí, de tu parte más bonita nace tu voluntad (y tu bordería, y tu manera de abrazar, y tu todo tan tú). Que a partir del corazón podemos regenerar todo lo demás. Y seguir adelante.
Y que, hablando de abrazos, hubiera dejado correr la vida entera pegándote a mí en aquella noche de vestido azul.
Hay más de un poder que tienes sobre mí. Uno de ellos es la capacidad para hacerme sonreír con cuatro palabras. Da igual que no hayamos hablado en días, que no supiera nada de ti. Llegas, hablamos (nos hace mucho bien hablarnos, nos nace, se nos da) y a los dos minutos estoy reconfortado. Y sueño, y vuelo, y veo tu pelo en el aire, y una playa, y jardines y voces de niños.
Y se me queda cara de tonto para todo el día.
Luego viene el silencio, pero ahí ya no hay sueños, ni pelo, ni salitre.
Puedes hacerlo, claro que sí. Puedes esconder la cabeza. Ignorarlo
Negarlo. Creer que no está pasando. Que pasó.
Pero ¿sabes? El árbol que cae en el bosque hace ruido aún sin nadie que lo escuche. Y lo que está ahí, seguirá estando aunque te niegues a mirar.
No pasa nada. Se puede vivir muy bien sin oir el ruido del árbol. Sin mirarse hacia adentro. Sin quererse por completo. O, como ya decía la canción:
Living is easy with eyes closed, misunderstanding all you see...
Y mucho tiempo después, apenas segundos, se fue.
Yo quiero abrir toda puerta y ventana, que entre el sol arrasando como las primaveras en los cerezos.
¿Qué crees que he de hacer cuando no dejas el más mínimo hueco libre?
Me sangra la cara de darme de frente a todos tus muros. El dolor da igual, pero la sangre me nubla la vista.
¿Qué harías tú?
Yo busco el sol. Los botes no se llenan con las ganas de hacer las cosas que planeamos y dejamos de lado.
O nos ponemos, o me dejas lamer las heridas.
Y sí, hay caminos difíciles. Y ninguno se recorre sin dar un sólo paso.
Esos fugaces instantes que me puedes dar. Que solamente tú sabes dar. Destellos de todo lo que guardas. Son como breves adelantos de cómo quiero que sean mis días.
Con los reflejos de tu pelo haciéndome perder la cabeza.
Y cuando no estás cierro los ojos, y lo veo. Veo tus ojos mirando mis ojos mientras te acercas.
Pero nunca es para quedarte. Te vas, y me dejas mis ojos cegados por los destellos. Se ahogan a veces, te buscan.
Te ven en los tonos pajizos de los atardeceres de este invierno. En las gotitas de miel cayendo al café de la mañana.
Y quizás otro día vuelvas a darme un momento. Y tú metas otro guijarrito en el bote mientras sonríes y te dices para adentro y muy bajito que te estás enamorando.
Y quizás todo esto valga para bajarme del falso pedestal que me pusiste. No hay hombre más humano que yo, que las espinas que llevo clavadas en la frente no son de ninguna corona.
Nada puedo reprochar si al verme desnudo decides correr. O quizá sí una cosa: que con tanta distancia es mucho más difícil hacerte reír todos los días, a todas horas.
Y si sufro de ansiedad porque vuelvas a reír demiconmigo, no temas.
Porque si decides hacerlo, si apuestas por lo bonito, en mi frente habrá las mismas espinas. Pero tendré:
Esas sonrisas que regalas cuando vas a la playa; son enormes paraguas tornasolados que cubren espaldas.
Esa manera indecente de burlarte de mí, de sacarme de quicio, tan tuya que desnuda mi alma.
Cada beso ro(b)gado una y mil veces.
No sabe a victoria.
No hay guerra.
Tu beso es mi paz.
Puede ir a mejor. Hay un hombre colgado del punto y final de esta carta que se dejaría la piel por ello.
Ayer, a estas horas, reías sin parar. Y yo encantado pero sin saber exáctamente que era lo que había hecho bien.
Ayer, a estas horas, hablabas. Y yo contigo. Sin parar nada más que el tiempo.
Ayer, a estas horas, devolvías mis pullas con otras más fuertes. Y te divertía.
Ayer, a estas horas, hacíamos planos, planes. Plenos.
Ayer, a estas horas, te brillaban los ojos y la sonrisa. Y me atraías.
Ayer, a estas horas, no te echaba de menos; no hacía falta escribirte, no cerraba los ojos sin los tuyos delante.