sábado, diciembre 25, 2010

Superficies

Yo te miro, y sabes que nunca podremos acercarnos más sin dejar un rastro de sangre en el agua. Por eso recojo cada una de tus miradas, de tus (amplias, implacables) sonrisas; son pequeñas piezas de tí que me dan idea del puzle que nunca podremos resolver un invierno de tele, sofá y cava. Esas piezas, esos ojos carnívoros sobre el agua son la punta de un iceberg de hielo, gigantesca mole que no es más que una colección de lágrimas que un día corrieron calientes mejilla abajo y que (hoy) se enfriaron con el paso del tiempo. Hagámonos un favor mutuo, y aprovéchalas para atemperar, para ti sola, una sola copa de cava.

5 cm

¿Y si alargáramos los dedos? Puede que saltaran chispas, o puede que sólo notáramos el calor de nuestras yemas en la piel. También puede que después, inevitablemente, subamos los índices por la misma piel sensible del antebrazo, despertando nuestro pelo como la luz a los girasoles. Nos acercaríamos un paso más, y pondríamos nuestras palmas en los codos del otro, sólo mirando nuestras pupilas dilatadas, sintiéndonos cerca, casi rozándonos la punta de las manos, subiendo los dedos por los brazos hasta los hombros, estirando los codos y dejándonos caer el uno en el otro, amortiguando la dulce caída con el grosor de tus labios en los míos.