martes, octubre 20, 2026

Regalos

Reivindico el regalo. Como acto profundo. Claro que hay que hacerlo bien. Y eso incluye el que, a veces, es un acto que no tiene por qué depender de fechas. Porque debe ser libre, innato y personal. Como todo lo profundo. Aunque reconozco que hay fechas que provocan, y evocan, mecanismos que impelen. Bienvenidas sean.

Reivindico el regalo. Como acto consciente. De búsqueda empática, que sale de un interior y se lanza a investigar en las raíces de otro ser para querer conocerlo. Y este proceso ha de resultar tan trabajado como animoso. Porque un regalo que no sale de ese esfuerzo consciente no es más que un cambio de manos de un objeto.

Reivindico el regalo. Como acto bonito. Que bebe de verbos como sorprender, alegrar, honrar y celebrar; que se sustenta en y se sustancia a través de la emoción, que es la que lo motiva y en lo que se busca que finalice.

Reivindico el regalo. Como acto inmaterial. Que no tiene límites definidos ni definiciones limitadas. No posee cualidades de rangos ni de precios, sólo valores. Que no está obligado a poseer sustancia material (su sustancia vuelvo a afirmar es la emoción), ni forma determinada. No es por tanto formal ni reglado lo regalado.

Reivindico el regalo. Como acto revolucionario de amor. Y, para mí, todo lo demás es marketing.

miércoles, septiembre 09, 2026

9-S

Hay rocas que el agua desgasta más que a otras, que parece que en vez de desgastar esculpe y, con el paso de los años, no caen a pique sino que se van desvelando golpe a golpe todas las líneas de una belleza que siempre estuvo dentro.

Hay palabras que, por cómo se dicen, parecen rocas pero son de las que no guardan nada dentro y los años y el salitre reducen a granos de arena; así como hay palabras que se dicen en una voz tan baja que parece que las lleva el viento, cuando en realidad son así de livianas porque nacen sin cargas ni premeditación. Y tienen la capacidad de colarse por cualquier rendija para llegar hasta el fondo.

Hay días que se celebran año tras año desgastando un poco de la ilusión original cada vez. Hay otros días que no se celebran pero no hay manera de olvidar, sobremanera si lo que evocan no es ya sólo arena sino la belleza perenne de una roca esculpida.

lunes, enero 26, 2026

Crononautas

Otra de las pocas veces que he tenido la suerte de coincidir con Jonah Kilt fue en un pequeño velero. Era finales de invierno, quizá los primeros días de la primavera y cruzábamos un fiordo mientras el capitán trataba (en mi caso con poca esperanza) de enseñarnos a pescar el bacalao a la antigüa usanza; con apenas unos metros de sedal y mucha paciencia. El mismo viento que empujaba la nave nos tiraba pequeñas agujas a la cara en forma de nieve en un día que yo diría era más bien desagradable, el capitán tildaba de apacible y Jonah juraba que en su pueblo natal llamarían "lovely irish weather".

Luego ya de la faena, y mientras dábamos buena cuenta de la captura, la charla en el dinette se fue volviendo cómoda al mismo tiempo que volvía la sangre a las extremidades. Surgían anécdotas de los mil sitios que Jonah había visitado. El capitán, entretenido y creyéndose sus historias sólo a medias, cogió un ojo de bacalao, lo escaldó levemente y, tras engullirlo con notoria satisfacción le dijo: "Parece que has viajado mucho, sólo te faltaría la luna y viajar en el tiempo"

Jonah rió, y afirmó que de poder viajar en el tiempo no sabría a qué época ir o qué hacer.

Yo lo supe enseguida. No es que ya me lo hubiera planteado, pero la respuesta me llegó como a veces ocurre que lo evidente simplemente se abre paso. Supongo que hay gente que iría a conocer a Jesucristo, otros matarían a dictadores o pedirían estar en la final del mundial de Sudáfrica. Los habrá que hasta emularían a Marty McFly y aprovecharían para forrarse en las apuestas.

Pero no, nada de eso.

Yo volvería a una de esas pocas pero amargas veces que vi tus ojos enrojecidos por la rabia, el desengaño o la tristeza. Cuando a veces no sabías qué hacer, o si podrías. Cuando surgían tantas dudas, o cuando se cerraban puertas.

Volvería sabiendo que lo lograste, que te vi convertirte en la persona que eres, que acabarías haciendo gala (y no alarde) de lo que te rodea.

Volvería a uno de esos momentos, y te diría al oído:

"Tranquila. Al final todo saldrá bien".