Ilusos son los que creen en la magia de la imposición de manos; esa fé en que con el simple hecho de poner unas manos sobre un cuerpo enfermo, y dependiendo del grado de santidad de las manos, se puede llegar a curar una dolencia. Ciegos son quienes se empeñan en ver algo grande en ello.
Ignorantes que no saben que la magia está en conseguir lo contrario, que sea curado el cuerpo del que pone las manos en el del otro. Eso es magia, como la que sucedía cada vez que yo posaba mis manos en tu piel.
No había mal que no se fuera, ni día que no acabara en sonria si me dejabas buscar cada ruta de ese mapa del tesoro.
Cuando hubo tormenta, ella me dio refugio.
Ahora brilla el sol, a todo caminante le toca seguirlo y, si algún día tienes la suerte de pasar bajo ese techo, te aseguro que no volverás a sentir frío.
Los éxitos son para disfrutarlos. Las derrotas para aprender a hacerlo. Cada una de ellas surge sólo tras el intento, y nunca tras permanecer esperando a un destino que en realidad está ante nosotros un sólo paso más adelante. Las derrotas, los fracasos son parte de esas piedras del camino, junto a todo lo que perdimos o por todo aquello que luchamos y nunca tuvimos.
Te
siento pegada a mis costillas, te agarras tan fuerte que me duele cuando
intento respirar el aire fresco que tanto recomiendan, pero puede que mi pecho
prefiera llenarse del aire pesado y denso que envuelve las bocas tras cada
beso.
Te
agarras con la fuerza increíble de las delicadas manos de un recién nacido, que
lo va descubriendo todo como yo volví a descubrir por tu gracia. Te cuelgas del
corazón, como una niña en un columpio un día de verano, adelante y atrás, bom
bom, marcando los latidos.
Sol delgado
de verano con sonrisa de playa y luz de faro a pleno día, deslumbrante
atracción de corazones polilla con alas de Icaro derritiéndose por el calor de
tu aliento viento libre del sur. Mordiscos de piel de melocotón, carne de
ciruela, corazón de niña curiosa ilusionada que jugaba a hacer castillos de
arena a la orilla del mar de una melena.
Las
gotas frías del otoño son tu recuerdo limpio de agua dulce o salada, según
dónde se ponga a llorar la impaciente nube que mi nostalgia ve con forma de
boca de algodón. Otoño de principios tras finales que no son más que
puntoyseguido, líneas que forman espirales áureas en libretas olvidadas.
El
invierno será sólo el invierno, quizá blanco como el vestido de lino de
mercadillo y gitanilla con tu misma mirada profunda y brillante como el reflejo
de la nieve en los tejados por los que se prodigan los hijos que perdemos.
Invierno de calor artificial y pasatiempos amargos como el sorbo de cava tras
las uvas.
Esperanza
ciega de primavera, impaciencia por saber qué fue de las semillas mágicas del
verano, margaritas tramposas de cien
pétalos y un clavo ardiendo, vientos que huelen a polen y cigarrillos, a
galletas de chocolate. Brotes que tienen todas las probabilidades de morir
ahogados entre las espinas. Deseos en baúles, maletas que seguramente se separen
en la cinta de un aeropuerto.