lunes, julio 16, 2007

Diversos

He leído mucho últimamente (para el poco tiempo que el tiempo me permite).
Y me gustó, de entre muchas otras cosas, algún que otro poema sobre recuerdos de infancia en bolsas grises, sobre vasos de nocilla rotos. Sobre decirle a la vida las cosas a la cara. Sobre lo caras que son las cosas de la vida. Para mí, esa lectura guardará siempre momentos de deleite por cosas como:

"Porque es preciso que ardan llevo en bolsillo todas las canciones..."

Y los tiene mejores.

viernes, julio 06, 2007

Fiesta de prao v2.2


Volví a encontrarte y contigo volvieron aquellos olores -recuerdos-. Pero esta vez todos mezclados. La hierba olía a sidra, el humo del tabaco a pólvora. Casi no quedaba ni el ruido y mientras no sé si Victorio no sé si Lucchino se disfrazaba de camionero el filo de una espalda me quemaba las orejas. Se había acabado la actuación de los equilibristas, el mago de postín (de medio pelo) insistía en su función tratando de sacar el conejo de la chistera barata que brillaba por su ausencia. Y tú en Amsterdam, y yo alargando la mano para tocarte de lejos cuando el forzudo levantó los cien kilos mirando a los ojos lánguidos de la bailarina que palidecía por segundos entre sus propios humos. Y el payaso repartiendo sonrisas de oficio aunque le tiemblen las piernas al ver al león gruñendo suavemente de la que juguetea a zarpazos con su pequeño hombre-orquesta de hojalata. Y sigue la función, el espectáculo debe continuar...

jueves, junio 28, 2007

Preferencias

Preferiría besarte a escribirte.
Y te escribiría tantas cosas...

martes, junio 26, 2007

Que conste que no quería hablar del premio




Pero es que me vino una cosa a la cabeza y me hizo gracia.


Lo siento, pero me hizo gracia. Ya sé que no es políticamente correcto, pero de un tiempo a esta parte estoy ácido y negro (cáustico y oscuro). En definitiva, me vino a la cabeza la imagen de un famosillo cazaautógrafos un poco pesadín tentando la suerte y poniendo en peligro su vida abrazando a Bob Dylan por la cintura para sacarse una foto y pedir una firmita.

Ya véis, la duda que me quema a mí no es saber si va o no va a venir. Es saber si va o no va a aparecer el cazaautógrafos en sucesos. Tega cuidado que el perro muerde.


viernes, junio 01, 2007

Y

Y por culpa de esa promesa nos conocimos un año después de cuando nos encontramos por primera vez.
Y de entre todas las cosas que me preguntaste y no te contesté, esa era la más repetida. Y ahí lo tienes, por una de esas promesas estúpidas, tan estúpidas que no puedes ni contarlo por no traicionar a quien se la haces. Y da igual que maldiga la promesa porque no sirve de nada. Y el año siguiente fue un espejismo, una nube de verano, un chaparrón de sólo ida, un gorro de playa. Y sé que debería haber sido perjuro, en tu pelo. Y qué mal nos trató ahí la suerte, que me hizo ser leal a una amistad y perdí una vida. Y sé que me mirabas, que me observabas pero nunca adiviné el porqué. Y aunque parezca increíble oírmelo decir, quizá es que las cosas al final estén mejor así, tú en el pedestal que te hice al día siguiente de verte sentada en una silla y yo con este resquemor que me empuja a dejar constancia tecla a tecla de todas las veces que te echo de menos. Y creo que no me quedan más preguntas que responderte, si hay alguna nueva la respuesta en un sí. Y puedes quitar todas las ies griegas de principio de frase. Es que las tenía sin usar de todas las veces que la imaginé entre nuestros nombres.

martes, mayo 08, 2007

Respuesta a "Y otra vez"

Aquí echo de menos la playa. Esa cultura dominguera que aprendes muy de pequeña de cinco en un seat cinco, fiambreras y gaseosa. Las manos de una madre esparciendo generosamente y sin miramientos una crema pegajosa después de cambiarte en un vestidor que no es más que una toalla agarrada de manera tan precaria que dio más de un susto. Levantarse por la mañana entre olores a tortilla de patata y carne empanada mirando por las ventanas el aspecto de las nubes. Cómo no echar de menos las partidas de palas, el bañador de la abuela con la dentadura guardada en el escote. Los griteríos en el coche, los mareos y aquellos juegos para distraerte en los que unos pececillos de plástico flotaban en una pecera diminuta y por medio de un botón que expulsaba burbujas tratabas de introducirlos en un aro. Y las olas. Con ese ritmo hipnotizador que comparte con el fuego. Y pisar la arena.