Aquí echo de menos la playa.
Esa cultura dominguera que aprendes muy de pequeña de cinco en un seat cinco, fiambreras y gaseosa. Las manos de una madre esparciendo generosamente y sin miramientos una crema pegajosa después de cambiarte en un vestidor que no es más que una toalla agarrada de manera tan precaria que dio más de un susto. Levantarse por la mañana entre olores a tortilla de patata y carne empanada mirando por las ventanas el aspecto de las nubes. Cómo no echar de menos las partidas de palas, el bañador de la abuela con la dentadura guardada en el escote. Los griteríos en el coche, los mareos y aquellos juegos para distraerte en los que unos pececillos de plástico flotaban en una pecera diminuta y por medio de un botón que expulsaba burbujas tratabas de introducirlos en un aro.
Y las olas. Con ese ritmo hipnotizador que comparte con el fuego.
Y pisar la arena.
martes, mayo 08, 2007
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