Él preguntaba. Mucho. Quería oír aquellas palabras.
Ella contestó de buena gana. Contestó cuando se reían juntos de la tele. Se lo dejó claro al dejarse caer a su lado. Despejó cualquier duda cuando escondió su cabeza en el cuello de él, provocando un leve terremoto que hizo temblar sus manos.
Todo lo que quería saber lo supo gracias al pequeño mordisco que ella le dio en el cuello antes de despedirse.
Fue una firma, una declaración a dentelladas, una bandera en la luna.
Quizá por eso desde entonces noto mucha menos gravedad, y casi floto.
Lo de su manera de besar haciendo estallar la piel como hace una tromba de agua sobre las aceras, me lo guardo.
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