Caminabas
dolorida por una piedra en el zapato, seguías caminando pero cada vez más
incómoda y yo no tuve otra ocurrencia que la de parar al lado del río, y la
sacamos para jugar a la rana en la orilla mientras te reías de que pusiera como
excusa para haber lanzado mal el que el sol de una tarde de invierno me hubiera
cegado.
Pero te
reías, y yo me callaba que no había sido el sol.
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