A veces, por mucho que luches, las cosas te sobrepasan.
Y caen como fardos, uno detrás de otro. Sin respiro.
Y te preguntas si podrás aguantar.
Quizá no.
Pero no puedes hacer de ello un látigo con el que abrirte la espalda. Que la necesitas para muchos fardos que sí podrás llevar. Que si lo has dado todo, no hay más que hacer.
Y sin lágrimas. Ésas déjalas para las payasadas o para diluir el dulzor de las ñoñerías de un tipo que no parará de hacer el bobo hasta que le digas que sí. Y dudo que incluso entonces pare.
No hay comentarios:
Publicar un comentario