Unas manos que se tiñen de negro cada día para poder pintar la
casa de colores, dar café a las visitas y poco más que una sonrisa de
bienvenida; una cabeza humilde y un corazón rabioso. Coraje cuando lo busco,
ayuda cuando se necesita. Una boca que regala ideas y al momento comete faltas
de niño pequeño. Dos oídos que se niegan a morir, un armario de sobra. Ilusión en papel kraft, apoyo sin medida. Puede
que alguna cosa más que tampoco sea muy grande.
Hay
quien se atreve a decir que, hoy en día, todo eso no vale mucho. Lo que es a
mí, nunca me parecieron el tipo de cosas que se puedan comprar o vender. O lo
doy, o lo niego.
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