Todavía
me muerdo algunas coletillas, y no sé si será normal, o si será bueno, pero es
así. Se me quedan colgando de la lengua y no saben dónde meterse, así que bajan
otra vez por la garganta y se me resguardan dentro, se me quedan durmiendo como
tres o cuatro días las más de las veces, son perezosas como mis mañanas o tus
halagos. Luego se aburren y me hacen cosquillas por el pecho, les entran las ganas de salir
pero ya no recuerdan el camino a mi boca, se me deslizan por los nervios y me
los reviven, bajan y suben unas horas por mi espina dorsal hasta que se estiran
hacia los hombros, me rodean el pecho y me hacen daño en las costillas. Luego,
aún inquietas, buscan los dibujos que unas yemas imaginaban en mi piel pero ya
no están, y se dirigen hacia las mías, hasta la punta de los dedos me llegan y
siguen tan vivas que me hacen temblar y de esa manera martilleo un teclado que
no hace otra cosa que entregar a una pantalla palabras que no hacen sombra, ni
lo intentan pero valen como muestra, como coletilla.
martes, diciembre 11, 2012
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