En una
vieja mochila de esqueleto de aluminio encontré hoy una capa de agua. De esas que
te cubren entero como un poncho. Y recordé aquellas rutas de montaña con las
gotas de lluvia empujadas por el viento y
golpeando en la cara como agujas, mochila y tienda canadiense a la espalda,
camino pedregoso y empinado. Nos mirábamos los seis a los ojos unos a otros
para darnos fuerzas, y no había senda que pudiera con nosotros. Quizá hoy no
tenga tantos ojos donde buscar fuerzas pero os aseguro, compañeros, que la
lección está bien aprendida.
viernes, septiembre 21, 2012
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