Me saben amargas las naranjas del desayuno si no me encuentro de frente tus ojos, se me queda larga en la mañana la cafetera. Me sobra manta por las tardes y no hay serie que me enganche a ese sofá. Me caigo a la calle en vez de pisarla cuando antes me paraba a saludarla, la cocina ya no huele a chocolate, mis dedos no recuerdan cómo era aquello de deshacer los nudos que tú desnudabas. Nunca volví a sentarme en la parte de atrás de aquel bar. Ya no me queda esa sensación tan dulce de que todavía andas por aquí a la media hora de que hayas salido, yo recogiendo la casa y tu aroma colgando aún por el aire.
Y no es tan triste, porque no nos hace falta que lo sea, porque nunca apostamos al negro, porque nunca nos lamimos las heridas, las secábamos al sol. Porque sigue siendo bonito, y muy grande, y no dejará de ser puro o dulce o sincero. Porque nunca había gastado papel de esa manera antes, porque nunca sorprendía hasta que me sorprendiste. No, nunca había hecho la mitad de todo lo que nos pasó. Todo eso que provocaba tu sonrisa cada día fue el eco de lo que tú me dabas, era mi respuesta natural a ti. Me quedo con la alegría que dejaste dentro, que no se irá, que me devolviste. ¿Con qué te quedas tú, de entre todo aquello? Sea lo que sea, que te acompañe cuando más lo necesites, como aquel pequeño talismán soñoliento. Y tranquila, sabes que no te guardo más que sonrisas, la memoria de tus caderas y una taza por si acaso.
martes, enero 08, 2013
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