Yo te miro, y sabes que nunca podremos acercarnos más sin dejar un rastro de sangre en el agua. Por eso recojo cada una de tus miradas, de tus (amplias, implacables) sonrisas; son pequeñas piezas de tí que me dan idea del puzle que nunca podremos resolver un invierno de tele, sofá y cava. Esas piezas, esos ojos carnívoros sobre el agua son la punta de un iceberg de hielo, gigantesca mole que no es más que una colección de lágrimas que un día corrieron calientes mejilla abajo y que (hoy) se enfriaron con el paso del tiempo. Hagámonos un favor mutuo, y aprovéchalas para atemperar, para ti sola, una sola copa de cava.
sábado, diciembre 25, 2010
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