¿Y si alargáramos los dedos? Puede que saltaran chispas, o puede que sólo notáramos el calor de nuestras yemas en la piel. También puede que después, inevitablemente, subamos los índices por la misma piel sensible del antebrazo, despertando nuestro pelo como la luz a los girasoles. Nos acercaríamos un paso más, y pondríamos nuestras palmas en los codos del otro, sólo mirando nuestras pupilas dilatadas, sintiéndonos cerca, casi rozándonos la punta de las manos, subiendo los dedos por los brazos hasta los hombros, estirando los codos y dejándonos caer el uno en el otro, amortiguando la dulce caída con el grosor de tus labios en los míos.
sábado, diciembre 25, 2010
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